LO QUE SANA ES EL VÍNCULO
Esta máxima planteada por Yalom
es una consigna que no ha perdido su vigencia. El vínculo, la relación… después
vendrán las técnicas. Si priorizamos las técnicas dejamos de lado a la persona,
si nos encontramos realmente con el hombre necesitado de ayuda, la técnica
vendrá en el momento adecuado, no como la protagonista del encuentro. En el
común de los casos, la persona espera el resultado del test con una ansiedad tal
que nos recuerda a aquel que espera que la vidente le lea su destino en las
manos. En nuestro trabajo debemos evitar que los test se asemejen a las cartas
del destino. El Prof. Frankl nos dice: «La vida no es un test de Rorschach sino
un enigma. Y lo que yo llamo deseo de sentido va más allá de la simple
aprehensión de una figura». El encuentro libera, el amor libera, el valor
muestra un campo de posibilidades imprevistas para la persona. No curó el
psicólogo, no curó la técnica. Lo que cura es la relación. El encuentro entre
dos personas, una dispuesta a ayudar y la otra dispuesta a ser ayudada. La
relación personal paciente-terapeuta, en el encuentro existencial, es crucial
para el proceso de cambio y de transformación del paciente. Es a través de este
vínculo que el paciente tiene la oportunidad de vivenciar un «vínculo sano», un
modelo de relacionamiento que quizá no ha vivido en toda su vida.
Afirma Yalom: «La relación es la
mercancía curativa, y como ya sabemos, la búsqueda del conocimiento profundo y las
excavaciones del pasado son tareas interesantes, aventuras aparentemente
provechosas en las que se mantiene distraída la atención del paciente y del
terapeuta mientras, por otro lado, está germinando el verdadero agente del
cambio, la relación». Según Káiser, el terapeuta cura simplemente por estar con
el paciente. Este terapeuta debe tener cuatro características de personalidad:
1) un interés por la gente;
2) un enfoque teórico que ayude
al paciente a comunicarse libremente;
3) la ausencia de patrones neuróticos
que obstaculicen el encuentro con el paciente, y
4) receptividad.
Recordemos dos capítulos de El
Principito que ejemplifican la «capacidad de encuentro». El primero es aquel
famoso diálogo entre el Principito y el zorro. El zorro insiste en ser su amigo
y en que lo domestique, y el Principito le pregunta: ¿Qué es domesticar? El
zorro le responde: Crear lazos. Esto es lo primero en la relación
paciente-terapeuta, crear un lazo, una ligazón desde el ser espiritual que
«habilite» y haga posible el desarrollo de la persona. El otro pasaje es aquel
en donde el Principito se encuentra con el vendedor de píldoras para calmar la
sed.
«— ¿Por qué vendes eso? Preguntó el Principito.
—Es una gran economía de tiempo —contestó el vendedor—. Los
expertos han hecho cálculos. Uno ahorra cincuenta y tres minutos por
semana.
— ¿Y qué se hace con esos cincuenta y tres minutos?
—Se hace lo que uno quiera...
—Yo, se dijo el principito, si tuviera cincuenta y tres minutos para
gastar, iría muy dulcemente hacia una fuente.
Esta noodinámica es la tensión
entre el hombre y el sentido, entre el hombre y la fuente. En este punto de la
libertad como proyecto es en donde reside gran parte de las frustraciones de
hoy. Contrario a lo que descubrió Freud en su época, la importancia de la
represión de un hecho que había ocurrido en el pasado, hoy en día se
experimenta la represión del futuro. No se sabe a dónde ir, no distinguimos
nuestra fuente. Tenemos esos minutos libres y los experimentamos como el vacío
del domingo (neurosis dominical), no hay nada para hacer. Entonces corremos
rápidamente hacia el fútbol, el asado, cualquier actividad para «matar el
tiempo». Esta es nuestra tarea, ayudar al otro en el acompañamiento hacia esa
fuente, hacia ese sentido que está ahí esperando ser realizado por nosotros.
Nadie nos puede reemplazar en esta tarea, y no tendremos una segunda
oportunidad sobre la tierra. Cuando nuestro sentido, nuestro proyecto aparece
con claridad, no tenemos necesidad de correr, porque sabemos hacia dónde vamos.
Entonces recorremos el camino, tranquilos, observando el paisaje, disfrutando.
Esto es lo que comprendemos cuando hablamos de la vida como misión.